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domingo, 22 de septiembre de 2013

El cólera, en Imón (Guadalajara en los tiempos del cólera)


EL CÓLERA EN JADRAQUE


EL CÓLERA EN JADRAQUE

Presentación Literaria

El cólera en Jadraque centró la presentación del libro de Tomás Gismera
El alcalde, Alberto Domínguez, el autor del prólogo, Javier Sanz Serrulla, y la concejal de Cultura, Mª Cruz Serrano, acompañaron al autor.
PRESENTACION1La Semana Cultural jadraqueña, previa a las fiestas patronales, arrancaba el viernes 6 de septiembre con la presentación en el Ayuntamiento del libro de Tomás Gismera Velasco “Guadalajara en los tiempos del cólera”. Esta cita literaria despertó enorme interés entre los vecinos que prácticamente llenaron el salón de actos del Ayuntamiento. El alcalde de Jadraque, Alberto Domínguez; el médico y escritor seguntino Javier Sanz, autor del prólogo; y la teniente de alcalde y concejal de Cultura, Mª Cruz Serrano, acompañaron al autor.
Mª Cruz Serrano agradeció su presencia en Jadraque a Tomás Gismera, y avanzó que este trabajo de investigación sobre la peste del cólera en la provincia de Guadalajara es especialmente importante para Jadraque porque “dedica un capítulo entero al caso excepcional de nuestro pueblo en 1885 que provocó más de un centenar de muertes”.
PRESENTACIONPor su parte, Javier Sanz, quien amablemente quiso estar presente en este encuentro literario, destacó el excepcional trabajo de investigación que Tomás Gismera recoge en “Guadalajara en los tiempos del cólera”, consultado distintas fuentes y fondos documentales, y la enorme capacidad del autor para plasmar lo que la peste supuso en la provincia.
Tomás Gismera explicó detenidamente la incursión y la propagación de una de las peores pestes que han afectado a Guadalajara y se centró en el excepcional caso de Jadraque donde la peste del cólera en el siglo XIX tuvo un comportamiento diferenciado del resto de la provincia. El público asistente participó de manera muy animada en un turno de preguntas y cometarios sobre este libro.

Ayuntamiento de Jadraque
Septiembre 2013

lunes, 20 de agosto de 2012

EL CÓLERA EN GUADALAJARA. LOS ESCRITOS DE HERRERA CASADO

El cólera en Guadalajara

La última, por ahora, de las obras escritas por Tomás Gismera Velasco, es una monumental historia de la asistencia sanitaria en la provincia de Guadalajara, a lo largo del siglo XIX, llevada de la mano de un hecho casi anecdótico, pero siempre temido y realmente sobrecogedor en sus días: las diversas epidemias de “cólera morbo” que asolaron pueblos y campiñas, dejando por todas partes muertos y desolación.

Este libro, editado por el propio autor, tiene un total de 256 páginas y no lleva más ilustraciones que los cuadros sinópticos imprescindibles para entender cantidades y evoluciones de epidemias y muertos. La presentación del libro, a modo de prólogo, corre a cargo del doctor Sanz Serrulla, académico correspondiente de la Real de Medicina, y seguntino estudioso en otros varios libros de esos temas cruciales de la sociedad como es la evolución de la medicina, sus formas de practicarla y sus beneficios progresivos sobre la población. Ya en sus palabras el Dr. Sanz nos da la dimensión real de este libro, y es el estudio con pormenor de cifras y abundancia de anécdotas, de las cuatro epidemias de cólera que asolaron nuestra provincia: en 1834 la primera, y las del 53,60 y 85 después, dejando entre todas un cúmulo de provisiones, de prevenciones y de normas que hicieron avanzar la medicina y, sobre todo, la profilaxis ambiental, alcanzando a partir de finales del siglo un muy halagador sistema de conducciones de agua, depuraciones, limpiezas de calles, de casas y de personas que abocaron en el moderno concepto de la higiene como factor determinante en la evitación de epidemias.
La obra de Gismera Velasco es ingente. Con este libro quedó finalista en el premio de Historia “Provincia de Guadalajara” de 2011. Aunque no ganó, el interés del tema, y lo bien ejecutado de la investigación suponía una pena no poder contar con la obra editada. Esta tarea, con lo que supone de esfuerzo y sobre todo de riesgo económico, la ha asumido el autor, y por ello recibe ya nuestro primer aplauso. Después llega el valor de lo que cuenta, que trato aquí de resumir y dejar en sucinta visión, invitando a cuantos estén interesados por conocer todos los aspectos de la historia de nuestra tierra a que se hagan con un ejemplar de esta obra, que tan amablemente dedicada, me ha regalado el autor.

Situación de la provincia
Cuatro fueron las grandes epidemias que padeció España a causa del cólera, la primera en 1834, cuando era todavía una enfermedad por completo desconocida en una gran parte de Europa, se desconocía su propagación y se confundían sus efectos. A España, esas cuatro grandes epidemias, 1834-35, 1855-56, 1865 y 1884-85, le costaron cerca de millón y medio de muertos, a Guadalajara cerca de 15.000, lo que vendría a suponer el 8 o el 10 por ciento de su población.
Uno a uno, Gismera hace un recorrido por todos y cada uno de los pueblos en los que se dieron casos de cólera: cerca de 40 en 1834; alrededor de 300 en 1855; 9 en 1865 y 36 en 1885; relatando las vivencias ocurridas en cada uno, con historias que hoy en día nos parecerían espeluznantes.
Cuando en 1833 el cólera hizo su aparición por el puerto de Vigo, conforme relata Gismera en su obra, tan solo podía hacerse una cosa: “rezar”. Fue el consejo, y la Real orden, que dictó Fernando VII. Seguiría siendo, el rezo y la encomienda a Dios, el remedio general a lo largo del siglo, “el ministro del ramo, en 1855, aconsejó al Gobernador de Avila (relata Gismera), encomendarse a su paisana Santa Teresa, que no permitiría que su provincia se viese afectada”. Las iglesias permanecían abiertas noche y día, con la exposición permanente del Santísimo, y las procesiones y rogativas fueron habituales en cualquier parte. En algunos casos esas rogativas pasaron a convertirse en tradición “como el caso de Horche y la procesión del medio real, en recuerdo del que cada vecino puso para costear la iluminación de la Virgen de la Soledad”.
Como se ve, el libro es no solo la crónica de unos hechos, la constatación de unos testimonios, sino la expresión de una mentalidad, viva y latiente en ese siglo, no tan lejano todavía.
La Serranía de Atienza fue una de las comarcas que, tradicionalmente, quedaron libres en su mayor parte, en las cuatro invasiones. El clima frío y la escasez de aguas estancadas, (principal foco de infección), favorecieron ese salvamento. En la primera oledada, el cólera pasó casi de largo por la Serranía, alcanzando tan sólo a Tamajón, Sigüenza, Negredo e Imón, ya avanzado el mes de octubre.
“El de Imón fue un caso excepcional. Fallecieron cerca de sesenta personas, la última el 7 de diciembre, (así lo refiere Gismera en su libro, haciendo relación, uno a uno, de todos los fallecidos), que comenzaron a enterrarse en la iglesia, como era costumbre, terminando por habilitar un cementerio junto a la ermita de la Soledad, donde el 12 de noviembre se dio sepultura al primer cadáver y el día 14 tuvieron que habilitar uno nuevo, porque se quedaron sin espacio”. El entonces cura del lugar, Miguel Rupérez, tras la última partida de defunción añadió “que al fin se había detenido el brazo de la justicia divina”.
En la siguiente epidemia, la de 1855 (cerca de 10.000 muertos en tres meses en la provincia de Guadalajara), afectó a todas las comarcas por igual, si bien Atienza volvió a quedar a salvo, aunque algunos atencinos no se libraron, entre ellos Sinforoso Zúñiga, que se encontraba tomando las aguas en el balneario de Trillo, lugar en el que a pesar de haber tomado medidas preventivas más “modernas”, murieron muchos visitantes.
La última y más documentada epidemia, la de 1885, tras la férrea censura que rodeó la de 1865 que pasó por Guadalajara sin hacer apenas daño “aunque en Madrid se llevó al Gobernador al que tocó sacar a la provincia de la miseria, el briocense Matías Bedoya”, tuvo, según Gismera, un preámbulo en Molina de Aragón en diciembre de 1884: “quienes pudieron abandonaron la ciudad, que quedó totalmente desabastecida, tan sólo una docena de arrieros de Selas se atrevieron a prestar ayuda, llevando cargas de leña”.

Anécdotas provinciales
En el interesante libro de Tomás Gismera, se hace relación de los motines de Cifuentes, el malestar de los comerciantes de Molina, el acordonamiento de Milmarcos, los sucesos de Brihuega, los fastos de Tamajón al concluir la epidemia… Si bien no registra casos de excesiva deshumanización como en algunas otras provincias sucedieron “en un lugar, no importa cual, la maestra, atacada del cólera, fue expulsada de la población con su marido y cinco hijos. La mujer, refugiada en una alcantarilla tuvo que enterrar al marido, los hijos mayores a la madre. Cuando fueron rescatados encontraron a dos de ellos, de tres y siete años, que habían enterrado a los hermanos, y contaron el caso…”
El autor enumera con detalle de investigador minucioso los médicos y farmacéuticos que intervinieron, alcaldes que destacaron, o hermanas de la Caridad “que llevaron a cabo una labor callada y ejemplar por toda la provincia y fuera de ella, algunas desde Guadalajara pasaron a Aranjuez, llamadas por su entonces Alcalde, Rafael Almazán, farmacéutico de profesión y natural de Guadalajara”, y se detiene sobre todo en Jadraque, donde la epidemia se cebó por tres veces con la población, la última, que costó algo más de cien muertos, fue acometida por los médicos Bibiano Contreras y Félix Layna levantando tiendas de campaña, a modo de hospitales, en los cerros, donde eran aislados los enfermos. Layna, padre del historiador y cronista, también se vio acometido por el mal, lo mismo que la familia, que dejó a uno de sus hijos en aquel cementerio.

Testimonios vivos
De los testimonios hallados por Gismera en su ejemplar investigación, destaca una “Memoria del cólera padecido en Guadalajara en 1855”, redactada por el doctor Román Atienza, prácticamente desconocida e inédita hasta ahora, encontrada en una publicación de 1857 de la Facultad de Medicina de Madrid; sin que falten algunos otros testimonios: la carta de los vecinos de Yebra relatando a la Reina lo acontecido en aquella población, y el servicio de su médico, Clemente Ascarza; los relatos inéditos en los que se da cuenta de los padecimientos de Brihuega; el comportamiento ejemplar del conde de Priego sobre lo sucedido en Castilnuevo, los estudios medicinales de Pascual Bailón Hergueta en Molina de Aragón, o el desarrollo del cólera en Jadraque, según las memorias también inéditas de Félix Layna, médico de Jirueque, Medranda y Jadraque y en las que, -cuenta Gismera- confiesa que allí “morían hasta los gatos”.
El coste de la epidemia de 1855 se tasó para España en treinta millones de reales, y, para hacernos una idea, un jornalero ganaba poco más de cinco o seis reales diarios”. La mayoría de los municipios tuvo que gastar en unos meses el doble del presupuesto municipal para todo el año. Tan asoladas quedaron las economías, cuenta Gismera, que la suscripción popular llevada a cabo en la provincia en 1885 para ayudar a los necesitados no alcanzó a las 4.000 pesetas, cuando meses antes se habían recaudado más de 30.000 para ayudar a las familias de Málaga afectadas por un terremoto.
Si la población padeció sufrimientos y sacrificios sin cuento, viendo morir familias enteras, en este libro queda clara constancia de los principales héroes de estas epidemias, y que no fueron otros que los médicos y farmacéuticos, a los que se debería levantar un monumento, solo por la abnegada participación profesional que en esos duros momentos tuvieron que desarrollar.
Bastantes de esos médicos y farmacéuticos murieron desempeñando su trabajo, siéndoles luego reconocidas, a sus familias, que quedaron totalmente desamparadas, las primeras pensiones vitalicias que se han dado en España. Por dejar constancia, como lo hace Tomás Gismera en su obra, de los nombres de aquellos profesionales abnegados, quiero que consten aquí sus nombres, sus circunstancias escuetas: Domingo Delgado y Telesforo Ambite, médico y farmacéutico de Loranca de Tajuña; Vicente Ballesteros, de Campisábalos; Antonio Sagredo, de Prados Redondos; Manuel Pérez Manso, de La Isabela; Basilio Salido Arteaga, de Brihuega; Joaquín Sierra, de Campillo de Dueñas; Ignacio Sánchez Yagüe, de Jadraque; Victoriano Ibáñez, de Yebra; Manuel Gaitor, de Valsalobre; Juan Antonio Torrijos, de Bujalaro; Saturnino Hernández, de Peñalver; Pedro López, de Villel de Mesa; Andrés Matamala, de Canredondo; Bernardo Ibarrola, de Tortuera; Pedro del Olmo, de Palazuelos; Francisco Luilis, de Alustante; Juan Matamala, de Castejón de Henares; Gabriel Cortijo, de Torre del Burgo o Francisco Hijosa, de Aranzueque; así como los curas de Campisábalos, Pedro Hernández; el de Sacedón, Benigno García; el de Huertahernando, José Polo, o el de Ruguilla, Félix Mozandiel.

Si de algo positivo sirvieron esas terribles epidemias de cólera en la España del siglo XIX, que tanto dolor y tanta pobreza trajeron al país, cabría reseñar el avance que, sobre todo en materia preventiva, hizo la Medicina de aquel siglo, con la salida a la palestra de la Higiene como opción personal y social, y de las medidas de adecuación de surtido de aguas, de entierro de cadáveres, etc. Desde entonces es la costumbre, que hoy parece natural, de construir los cementerios fuera de las poblaciones. Antes a los muertos se les enterraba en la nave principal de las iglesias, o en los jardines y espacios delante de ellas. Con estas terribles desgracias sociales, se pasó a encalar los templos y a enterrar a la gente en la lejanía.
En definitiva, un libro de enorme interés, por sus curiosidades, y de alto valor histórico, porque con toda nitidez y exactitud nos da documentación de un periodo (el siglo XIX) y de unos hechos (las epidemias de cólera) que también fueron verdad, dolorosa verdad, en nuestra provincia

viernes, 27 de julio de 2012

ÁBÁNADES EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA. Guadalajara en los tiempos del cólera.

El cólera también pasó por Abánades. Conoce la historia en este libro.
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martes, 24 de julio de 2012

Guadalajara en tiempos del cólera (1834-1855)

Es el título de la última obra de Tomás Gismera Velasco, finalista en el “Premio de Investigación Histórica y Etnográfica” 2011, de la Diputación Provincial de Guadalajara.

   Pocos, por no decir que ninguno en profundidad de los libros que hablan de la historia de nuestros pueblos, ha abordado el complejo tema de las epidemias.  Mucho menos de las recientes que en el siglo XIX asolaron gran número de los pueblos de la provincia, dando protagonismo al tema médico o de la salud general.

   Es el tema de la obra finalista en los premios “Provincia de Guadalajara” de Investigación Histórica y Etnográfica 2011, que bajo el lema “Las visitas del huésped del Ganges a la Guadalajara del siglo XIX”, aborda Tomás Gismera Velasco.

   Cuatro fueron las grandes epidemias que padeció España a causa del cólera, la primera en 1834, cuando era todavía una enfermedad por completo desconocida en una gran parte de Europa, se desconocía su propagación y se confundían sus efectos. A España, esas cuatro grandes epidemias, 1834-35, 1855-56, 1865 y 1884-85, le costaron cerca de millón y medio de muertos, a Guadalajara cerca de 15.000, lo que vendría a suponer el 8 o el 10 por ciento de su población, sin contar con la masiva emigración o los costes que para muchos de los pueblos afectados tuvo en unos tiempos en los que se carecía de sanidad oficial, y, por lo general, había que recurrir a la beneficencia pública y la caridad del pueblo.

   Uno a uno, Gismera hace un recorrido por todos y cada uno de los pueblos epidemiados de Guadalajara: cerca de 40 en 1834; alrededor de 300 en 1855; 9 en 1865 y 36 en 1885; relatando las vivencias de cada uno, en muchos casos, con historias que hoy en día nos parecerían espeluznantes.

   Cuando en 1833 el cólera hizo su aparición por el puerto de Vigo, conforme relata Gismera en su obra, tan solo podía hacerse una cosa “rezar”.  Fue el consejo, y la Real orden, que dictó Fernando VII.  Seguiría siendo, el rezo y la encomienda a Dios, el remedio general a lo largo del siglo, “el ministro del ramo, en 1855, aconsejó al Gobernador de Avila (relata Gismera), encomendarse a su paisana Santa Teresa, que no permitiría que su provincia se viese afectada”.  Las iglesias permanecían abiertas noche y día, con la exposición permanente del Santísimo, y las procesiones y rogativas fueron habituales en cualquier parte. En algunos casos esas rogativas pasaron a convertirse en tradición “como el caso de Horche y la procesión del medio real, en recuerdo del que cada vecino puso para costear la iluminación de la Virgen de la Soledad”.

   La Serranía de Atienza fue una de las comarcas que, tradicionalmente, quedaron libres en su mayor parte, en las cuatro invasiones. El clima y la escasez de aguas estancadas, principal foco de infección, lo favorecieron, si bien algunos de los pueblos no se libraron de quedar prácticamente diezmados.

   Cuando en el verano de 1834 el cólera avanzaba por la provincia de Soria, nuestro rincón serrano se encontraba acometido por otro tipo de males, las facciones carlistas de las partidas de Merino y Salazar que hicieron estragos en Valderromán (Soria), en Galve y en La Mierla, donde torturaron y asesinaron a sus respectivos curas”.  En la parte de la Alcarria eran las partidas de Josefa la Cachorra las que atraían la atención y daban tantos quebraderos de cabeza al Gobernador civil, Rafael Pérez de Guzmán el Bueno que, en lugar de disponer medidas contra la propagación del cólera se dedicó a combatir a las facciones. Cuando quiso atajar el mal ya era tarde, la sanidad dependía de él, y optó por dejar el cargo en el mes de septiembre de ese año, cuando en la capital provincial se enterraban los muertos a decenas en fosas comunes expuestas a las alimañas. El nuevo Gobernador llegaría cuando el cólera había quedado ahogado con la llegada del invierno.

   En esta ocasión el cólera pasó casi de largo por la Serranía, alcanzando tan sólo a Tamajón, Sigüenza, Negredo e Imón, ya avanzado el mes de octubre.

   El de Imón fue un caso excepcional. Fallecieron cerca de sesenta personas, la última el 7 de diciembre, (Gismera relaciona en su obra uno a uno todos los fallecidos), que comenzaron a enterrarse en la iglesia, como era costumbre, terminando por habilitar un cementerio junto a la ermita de la Soledad, donde el 12 de noviembre se dio sepultura al primer cadáver  y el día 14 tuvieron que habilitar uno nuevo, porque se quedaron sin espacio”. El entonces cura del lugar, Miguel Rupérez, tras la última partida de defunción añadió “que al fin se había detenido el brazo de la justicia divina”. Y es que los libros parroquiales, por encima de los municipales, han sido uno de los principales pilares en la investigación: “en algunos municipios se adoptaron acuerdos que iban contra la ley, y al percatarse de las sanciones que les podía acarrear, optaron por eliminarlos”.

   Aquellos acuerdos  hablan de la implantación de lazaretos o cordones de seguridad ilegales, vigilados por gentes de armas, que impedían la entrada o salida de los pueblos, en la creencia de que de esa manera quedarían a salvo, aquello se volvió contra los municipios en muchas ocasiones  ya que “al aislarse impidieron la llegada de médicos o sanitarios”.  Los remedios afloraron por cualquier parte, desde las aguas milagrosas a los remedios más impensables, como “tomar una copa de aguardiente en ayunas, y un vaso de vino, seguido de otro de agua, cada media hora, acostarse una persona sana con otra infectada para darle calor…”

   La gran epidemia de 1855 (cerca de 10.000 muertos en tres meses en la provincia de Guadalajara), afectó a todas las comarcas por igual, si bien Atienza volvió a quedar a salvo, aunque algunos atencinos no se libraron, entre ellos Sinforoso Zúñiga, que se encontraba tomando las aguas en el balneario de Trillo, un lugar protegido junto con el de la Isabela, por gentes de armas que, sin embargo, no pudieron evitar la llegada del mal, “Trillo, su balneario, era el Gran Hotel, el Biarritz de Guadalajara, donde tomaba las aguas y pasaba la temporada veraniega lo más granado de la provincia, y hasta de Madrid. El viaje se completaba en dos días, y hubo mucho interés en preservarlo. El propio director del balneario, el afamado médico Mariano José González Crespo elaboró una normativa que se conservó en el archivo municipal, de prevención contra el cólera que, finalmente, no sirvió de mucho. La primera difunta fue Josefa Picaños, una pobre lavandera, aunque el caso más llamativo fue el de un Director General que con su familia llegó desde Madrid para visitar a un hermano enfermo. Fallecieron todos los llegados de la capital, librándose el enfermo. Y una semana después de anunciarse que el balneario estaba libre de la enfermedad, tuvo que ser puesto en cuarentena, cerrando un mes antes de lo previsto”.

   A las facciones carlistas las sustituyeron las revoluciones.  La campaña del Maestrazgo lo extendió por la comarca de Molina, las tropas de los mariscales Serrano y O´Donell por media provincia. Algunos insurrectos llegados de Aragón por la sierra trataron de aprovechar el momento y de formar una columna con los mineros de Hiendelaencina para llegar a Madrid en unión de los presidiarios del Pontón de la Oliva, que tuvieron que ser frenados con tropas de los Regimientos de Infantería del Príncipe, Constitución y Gerona. En Hiendelaencina quedaron 85 muertos en apenas diez días y, casualmente, los mineros fueron los menos afectados: “entre la población minera fueron los obreros de la mina Beatriz quienes más lo padecieron”, cuenta Gismera en su obra. El primer difunto del pueblo, Evaristo Alcalá, era un carretero que falleció el 16 de septiembre, acababa de llegar de Jadraque. A pesar de que, como cuenta Gismera, los verdaderos propagadores fueron los niños de la Inclusa de Madrid, llegados en aquellos días, al igual que sucedería en Hita, entregados por la condesa de Sevillano a las amas de cría que a cambio de unos pocos reales los amantaban. En la iglesia de San Pedro de Hita el registro de incluseros fallecidos fue incesante a lo largo de diez días.

   En esta ocasión el cólera recorrió un buen número de pueblos serranos: Alcolea de las Peñas, Campisábalos, Cincovillas, Miedes, Riosalido, Romanillos, Somolinos, Ujados, Imón, Jadraque… Entre Campisábalos, Somolinos y Romanillos los muertos alcanzaron los dos centenares. Incluidos los médicos y los curas.  En Somolinos se registraron 63 fallecimientos en menos de un mes; otros tantos en Campisábalos, “el cura de Albendiego, Antonio Lapuerta, acudía cada dos días a oficiar los enterramientos”. Y es que en Campisábalos falleció hasta el párroco y el médico de la localidad. Teniendo que ser auxiliados por los médicos de Miedes y el subdirector de Sanidad del partido y Médico de Atienza, Juan Antonio Adradas, quien instó al Ayuntamiento atencino a llevar a cabo una encomiable labor de higienización del municipio “se limpiaron a conciencia abrevaderos, charcas e incluso se promulgó un edicto por el que los lavaderos tenían que ser vaciados diariamente”.

   Por si fuera poco, al desastre vital del año 55 le siguió el económico, con una temporada de malas cosechas, seguida de un invierno duro, que asoló económicamente a un buen número de pueblos “en muchos de ellos no quedaron brazos para recoger la cosecha, cuando no se la llevaron las tormentas”, cuenta Gismera. Incluso las salinas de Imón se encontraron sin gente capaz de transportar la sal a los alfolíes provinciales. En la ocasión ni el Gobernador se libró. Cuenta Gismera que don José María Bremón, quien se dispuso a recorrer la provincia en calesa, se vio atacado por el mal en Sigüenza, teniendo que ser sustituido interinamente por Cosme Barrio Ayuso y, cosa curiosa, el Gobernador se atrevía a viajar solo en un tiempo en el que los caminos eran un riesgo diario, “el Gobernador de Soria viajaba con una escolta de ocho lanceros”. También murieron muchos de los animales de labor, y, sobre todo, aves, según Gismera.

   La última y más documentada epidemia, la de 1885, tras la férrea censura que rodeó la de 1865 que pasó por Guadalajara sin hacer apenas daño “aunque en Madrid se llevó al Gobernador al que tocó sacar a la provincia de la miseria, el briocense Matías Bedoya”, tuvo, según Gismera, un preámbulo en Molina de Aragón en diciembre de 1884: “quienes pudieron abandonaron la ciudad, que quedó totalmente desabastecida, tan sólo una docena de arrieros de Selas se atrevieron a prestar ayuda, llevando cargas de leña”.

   También Atienza se vio libre de la peste, aunque no de las prescripciones del Gobernador, Juan del Nido, “quien suspendió todo tipo de festejos en la primavera”. Ese año no hubo ni Caballada ni fiestas del Cristo, y la feria de septiembre tuvo lugar la última semana de octubre. “Del Nido actuó con mano dura, al alcalde de Cogolludo le costó 500 pesetas saltarse la prohibición de intentar celebrar las fiestas, e incluso en Guadalajara llegó a prohibir la gran manifestación tras la ocupación alemana de las islas Carolinas. Si se llevó a cabo fue por la intervención directa del ministro de Fomento”. No sería el único alcalde sancionado, las infracciones, por defecto o por exceso, estuvieron a la orden del día: “el alcalde sustituto de Jadraque, ya que el primero, Melitón Vallejo, murió de cólera apenas iniciada la epidemia en este pueblo, fue entregado a la justicia por expulsar a los vecinos de Jirueque, el de Hiendelaencina destituido y sancionado por acordonar la población… aunque tal vez el caso más llamativo fue el de la corporación de Trijueque, que se atrevió a instalar un cordón de seguridad, reteniendo a la familia del propio ministro que, como es lógico, cargó luego contra ellos”.

   Se relatan los motines de Cifuentes, el malestar de los comerciantes de Molina, el acordonamiento de Milmarcos, los sucesos de Brihuega, los fastos de Tamajón al concluir la epidemia… Si bien no registra casos de excesiva deshumanización como en algunas otras provincias sucedieron “en un lugar, no importa cual, la maestra, atacada del cólera, fue expulsada de la población con su marido y cinco hijos. La mujer, refugiada en una alcantarilla tuvo que enterrar al marido, los hijos mayores a la madre. Cuando fueron rescatados encontraron a dos de ellos, de tres y siete años, que habían enterrado a los hermanos, y contaron el caso…” Y es que de las detenciones arbitrarias parece ser que nadie se libró, ni los diputados provinciales, Molero Asenjo, originario de Atienza, estuvo retenido en el lazareto de los Batanes de Guadalajara, por haber pasado por Jadraque.

   Pero Gismera no se detiene en estas cosas, uno a uno, enumera los médicos y farmacéuticos que intervinieron, alcaldes que destacaron, o hermanas de la Caridad “que llevaron a cabo una labor callada y ejemplar por toda la provincia y fuera de ella, algunas desde Guadalajara pasaron a Aranjuez, llamadas por su entonces Alcalde, Rafael Almazán, farmacéutico de profesión y natural de Guadalajara”, y se detiene sobre todo en Jadraque, donde la epidemia se cebó por tres veces con la población, la última, que costó algo más de cien muertos, fue acometida por los médicos Bibiano Contreras y Félix Layna levantando tiendas de campaña, a modo de hospitales, en los cerros, donde eran aislados los enfermos. Layna, padre del historiador, también se vio acometido por el mal, lo mismo que la familia, que dejó a uno de sus hijos en aquel cementerio.

   De los testimonios hallados Gismera destaca una “memoria del cólera padecido en Guadalajara en 1855”, debida al doctor Román Atienza, prácticamente desconocida e inédita hasta ahora, encontrada en una publicación de 1857 de la Facultad de Medicina de Madrid; sin que falten algunos otros testimonios: la carta de los vecinos de Yebra relatando a la Reina lo acontecido en aquella población, y el servicio de su médico, Clemente Ascarza; los relatos inéditos en los que se da cuenta de los padecimientos de Brihuega; el comportamiento ejemplar del conde de Priego sobre lo sucedido en Castilnuevo, los estudios medicinales de Pascual Bailón Hergueta en Molina de Aragón, o el desarrollo del cólera en Jadraque, según las memorias también inéditas de Félix Layna, médico de Jirueque, Medranda y Jadraque y en las que, cuenta Gismera confiesa que allí “morían hasta los gatos”.

   La mano de la caridad tampoco falta. Sin ella no podría entenderse el comportamiento, o la subsistencia de algunos pueblos, ya que el coste de las epidemias quebró la mayoría de las arcas, incluidas las de la Diputación Provincial “sería muy difícil de calcular el coste económico. La epidemia de 1855 se tasó para España en treinta millones de reales, y, para hacernos una idea, un jornalero ganaba poco más de cinco o seis reales diarios”.  Si bien, la mayoría de los municipios tuvo que gastar en unos meses el doble del presupuesto municipal para todo el año.  Tan asoladas quedaron las economías, cuenta Gismera, que la suscripción popular llevada a cabo en la provincia en 1885 para ayudar a los necesitados no alcanzó a las 4.000 pesetas, cuando meses antes se habían recaudado más de 30.000 para ayudar a las familias de Málaga afectadas por un terremoto. Ayudas a la subsistencia que llegaron incluso desde fuera: “el periodista oriundo de Brihuega, Justo Sanjurjo López de Gomara, entonces director del Diario Español, logró recaudar algo más de cuatrocientas pesetas en unos días, que se entregaron a razón de algo más de 55 pesetas, a los huérfanos Genara y Gregorio Toribio, de Jadraque; Bernardina García y Gregoria Martínez, de Mochales; Isidra Algarra y Basilisa de Marcos, de Illana y Paula Vela y Manuela Tomás, de Villel”.

   Sacrificios que llegaron incluso a las familias de algunos médicos y farmacéuticos que murieron desempeñando su trabajo, y a cuyas familias, al quedar en absoluto desamparo, les fueron reconocidas las primeras pensiones vitalicias: Domingo Delgado y Telesforo Ambite, médico y farmacéutico de Loranca de Tajuña; Vicente Ballesteros, de Campisábalos; Antonio Sagredo, de Prados Redondos; Manuel Pérez Manso, de La Isabela; Basilio Salido Arteaga, de Brihuega; Joaquín Sierra, de Campillo de Dueñas; Ignacio Sánchez Yagüe, de Jadraque; Victoriano Ibáñez, de Yebra; Manuel Gaitor, de Valsalobre; Juan Antonio Torrijos, de Bujalaro; Saturnino Hernández, de Peñalver; Pedro López, de Villel de Mesa; Andrés Matamala, de Canredondo; Bernardo Ibarrola, de Tortuera; Pedro del Olmo, de Palazuelos; Francisco Luilis, de Alustante; Juan Matamala, de Castejón de Henares; Gabriel Cortijo, de Torre del Burgo o Francisco Hijosa, de Aranzueque; así como los curas de Campisábalos, Pedro Hernández; el de Sacedón, Benigno García; el de Huertahernando, José Polo, o el de Ruguilla, Félix Mozandiel.

   También, estas epidemias, trajeron algunos cambios: “el reconocimiento a la moderna medicina, los hábitos alimentarios, la higiene, tanto de las personas como de los municipios…”

   Sin duda, un complemento, ampliamente documentado, necesario, por lo humano, a la historia reciente de la provincia de Guadalajara.
   La obra está prologada por el Historiador y Académico de Medicina, Doctor Francisco Javier Sanz Serrulla.

jueves, 19 de julio de 2012

Guadalajara en los tiempos del cólera. Cuando la medicina comenzaba a ejercer su papel en la provincia de Guadalajara

INDICE de la obra:
-Prólogo
-A modo de introducción.

-1.- La enfermedad sospechosa.
-1.1.- El estado de la cuestión.
-1.2.- La llegada del huésped. Guadalajara, 1834.
-1.3.- 1834, diario de una invasión.
-1.4.- El mapa del cólera en la provincia, en 1834.

-2.- El cólera de 1855.
-2.1.- El huésped en la provincia.
-2.2.- Verano de 1855. Diario de una tragedia.
-2.3.- El cólera de 1855, a través del testimonio directo.
-2.4.- El cólera de 1855 en Guadalajara, según Román Atienza Baltueña.
-2.5.- 1865, la epidemia negada.

-3.- Guadalajara 1885. El año del cólera.
-3.1.- Una visita esperada.
-3.2.- La provincia contra la epidemia.
-3.3.- Profesionales de las ciencias de curar en la provincia de Guadalajara, en                  1885.
-3.4.- Julio de 1885.
-3.5.- Agosto de 1885, un mes de luto.
-3.6.- El cólera en Molina de Aragón.
-3.7.- El excepcional caso de Jadraque.

-4.- Epílogo.
-4.1.- El eterno problema de los lazaretos, en 1885.
-4.2.- Una provincia sin fiestas.
-4.3.- De la caridad del país.
-4.4.- Terminada felizmente…
-4.5.- Séales la tierra leve.


Apéndices:
-I.- Evolución del cólera de 1834 en la provincia de Guadalajara, según los extractos de los partes oficiales del Gobierno civil, en la Gaceta de Madrid.
-II.- Evolución de la epidemia de cólera de 1834, conforme a los partes sanitarios emitidos por el Gobierno civil de Guadalajara.
-III.- Relación de poblaciones afectadas en la invasión de 1834.
-IV.- Médicos y farmacéuticos con intervención directa en la epidemia de cólera de 1855.
-V.- Poblaciones afectadas por la epidemia de cólera de 1855, y número de fallecidos según los partes sanitarios emitidos por el Gobierno civil de Guadalajara.
-VI.- Memoria de las invasiones del cólera de 1885, presentada por el Gobierno civil de Guadalajara.
-VII.- Resumen general de las invasiones y defunciones por causa del cólera ocurrido en la provincia de Guadalajara durante el año 1885, elaborada por la Sección de Sanidad, Negociado de Estadística, de la Dirección General de Beneficencia y Sanidad.

VIII.- Bibliografía general.

Jadraque en los tiempos del cólera. Guadalajara en los tiempos del cólera. La provincia de Guadalajara bajo las epidemias.

domingo, 8 de julio de 2012

Guadalajara en los tiempos del cólera. La epidemia que despobló los pueblos de la provincia de Guadalajara.

Un libro para conocer los orígenes de la despoblación de los pueblos de la provincia de Guadalajara.

Guadalajara en los tiempos del Cólera (1834-1885). La provincia bajo la epidemia. Para conocer algo más en torno a Brihuega o Cifuentes.

Un libro que cuenta las epidemias de cólera que padecieron los pueblos en la provincia de Guadalajara en el siglo XIX, con la hisotria de sus médicos, cementerios, la vida que ha escapado a otras historias.
Textos inéditos, vidas inéditas. Una historia diferente y necesaria.
"Continúa sin novedad el lazareto de Brihuega, donde los viajeros procedentes de puntos infectados o sospechosos tienen que pasar cinco días de observación.
También hay lazareto en la villa de Cifuentes, pero el lazareto que raya en lo inverosímil es el de Esplegares, partido de Cifuentes, ese es todo un señor lazareto, porque el desdichado mortal que allí cae tiene que pasarse cuarenta días con cuarenta noches en espera de la resurrección de los microbios
"
De: Guadalajara en los tiempos del cólera (1834-1885). La provincia bajo la epidemia.
Un libro que ya puedes adquirir, en:
atienzadelosjuglares@gmail.com , te lo envíamos por correo, 20 euros, incluidos gastos de envío.

sábado, 30 de junio de 2012

GUADALAJARA EN LOS TIEMPOS DEL COLERA

EL LIBRO SOBRE LAS EPIDEMIAS DE COLERA EN LA PROVINCIA DE GUADALAJARA, QUE YA PUEDES ADQUIRIR

miércoles, 11 de abril de 2012

Guadalajara en tiempos del cólera (1834-1885)



La impresión moral que produjo el azote colérico en esta ciudad fue poco considerable, hasta el punto de burlarse y desdeñar los prudentes avisos que daban los facultativos; y solo cuando vieron el 12 de agosto, que eran atacados indistintamente lo mismo pobres que ricos, e invadidos los más diferentes y extraviados barrios de la población, fue cuando se alarmaron algún tanto; pero sin que por eso ni por el natural miedo, hijo de tan azarosas circunstancias, dejaran los vecinos de asistir con generosa y espontánea caridad a los epidemiados, ni menos abandonasen por dicho temor sus hogares; antes por el contrario esta ciudad de Guadalajara fue el asilo y refugio de muchas familias procedentes de los pueblos infestados; no interrumpiendo sus relaciones y comunicación con ninguno.


Apuntes para la Estadística del Cólera en Guadalajara
Román Atienza Baltueña

miércoles, 22 de febrero de 2012

El cólera en la ciudad de Guadalajara

Escribió el doctor Román Atienza:
"El día 22 de junio de 1855 (según los partes) se presentó el primer caso de cólera en esta población; y entonces se renovaron con mayor eficacia los indicados bandos; se vigiló con más escrupulosidad el estado de los alimentos, se imprimieron en el Boletín de la provincia y publicaron por la Junta de Sanidad de la misma, unas sencillas instrucciones higiénicas y curativas sobre el cólera, con el fin de advertir a los pueblos el peligro grave que corrían e inculcarles los consejos y preceptos que debían seguir para conjugarle en cuanto fuera posible; se dieron socorros a domicilio, se mandaron fumigar con cloruros y azufre las casas de los acometidos, y por último se recomendó la calma y tranquilidad de ánimo a todos sus habitantes..."
Del libro: "Guadalajara en tiempos del cólera (1834-1855)", de Tomás Gismera Velasco

martes, 21 de febrero de 2012

El cólera en Jadraque (Guadalajara)

Son tan relevantes los méritos contraídos por D. Miguel Andrés Feito en la asistencia médica prestada al pueblo de Jadraque, durante el último periodo de la epidemia terrible que le ha afligido, que creo de mi deber publicarlo en este periódico oficial y para conocimiento de todos, y para que sirva de una pequeña recompensa del celo y actividad de ese entendido profesor ....

Del libro: Guadalajara en tiempos del cólera (1834-1885), de Tomás Gismera Velasco

El cólera en Loranca de Tajuña (Guadalajara)

Y cuando ya comenzaba a desaparecer del resto de pueblos afectados en la provincia, y comienza a pensarse que con la llegada de las bajas temperaturas del mes la epidemia ha de cesar, a lo largo del mes de septiembre nuevas poblaciones se verán atacadas, entre ellas Loranca de Tajuña, donde se dan los primeros casos el día 17 y no se dará por extinguido hasta el 29, coincidiendo en fechas con Algora, donde fallecen 3 personas; en Tamajón se dará el ...

Del libro: Guadalajara en tiempos del cólera (1834-1885), de Tomás Gismera Velasco

jueves, 9 de febrero de 2012

GUADALAJARA EN TIEMPOS DEL COLERA (1834-1885)

Este blog trata de contar la historia de las epidemias de cólera padecidas a lo largo del siglo XIX en la provincia de Guadalajara. Epidemias que afectaron a cerca de trescientas poblaciones.
Toda la obra está recogida en el libro "Guadalajara en tiempos del cólera (1834-1885)", de Tomás Gismera Velasco, de próxima publicación.
Si lo deseas puedes reservar tu ejemplar solicitándolo al correo tgismeravelasco@gmail.com